Por qué nunca dejaré de volver a Perugia

Volver a Perugia, tres años después. Volver a sus grandes murallas de piedra, a sus arcos y recovecos, a las ventanitas ínfimas que se asoman sobre sus callejones perdidos, a sus colinas verdes, a su eterna juventud. Volver a Perugia es como recordar un sueño que duerme desde hace siglos, un sueño que visita las noches de miles de soñadores y les deja, como un beso, su sabor inolvidable.

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Volver es sentir el vibrar de la Università per Stranieri di Perugia en cada rincón, el latido de los cientos de estudiantes postergando las tardes en las escalinatas del Duomo, en una suerte de babel horizontal que no conoce niveles de separación entre un idioma y otro. Es recordar las caminatas sin rumbo cuesta arriba y cuesta abajo, tras las huellas que historia no quiso borrar y que de alguna manera extraordinaria, se entrelazan en perfecta armonía con una ciudad que crece.

Llegamos a la estación el domingo a las cuatro de la tarde sin mapa ni guía, dejando que la memoria nos guíe y el azar nos sorprenda. Subimos al autobús, cargamos todas nuestras expectativas y pegamos las narices a la ventana. Cuesta arriba, la magia comienza a hacerse viva y mientras el bus zigzaguea por el camino arbolado, el horizonte abre paso a las colinas, interrumpidas por campanarios de piedra blanca y una alfombra de tejados añejos que se suceden en escalera.
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Bajamos en Piazza Italia y nos dirigimos al mirador, rincón privilegiado para obtener una perspectiva del “corazón de Umbria”. Desde allí se llega a ver, como una mancha blanca sobre la montaña, la ciudad de Asis, rodeada por otros burgos antiguos que solían proteger a sus poblaciones desde la colina. Debajo de los jardines del mirador yace uno de los tesoros más preciados de la ciudad: la Rocca Paolina, una enigmática ciudad subterránea construida por el Papa Pablo III en 1540. Pero ahora preferimos disfrutar del sol tibio que logró ahuyentar a las nubes y nos dirigimos hacia el centro.
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Caminando por el corso, empezamos a ver aquellos localcitos refinados, entre glamorosos e insólitos, que crean un contraste exquisito con los portales ojivales que los enmarcan. Estábamos buscando una buena pizzería para completar la passeggiata, así que decidimos doblar en una de las calles laterales hacia Corso Vanucci, la avenida principal. Tras admirar los faroles y los firuletes hierro que decoran las rejas de las ventanitas, llegamos a la avenida: su vitalidad es como una bocanada de aire fresco con aroma a café.
mi casa!
Con la melodía de un arpa callejera de fondo, nos dirigimos hacia la piazza IV Novembre, la principal de la ciudad, rodeada por el Duomo, una grande estructura medieval de estilo románico, y el magnífico Palazzo dei Priori, que con sus arcos, bajorrelieves y animales alados despliega el mejor estilo perugino. Hay una figura en la fachada del Duomo, una de las pocas que tiene en su simple estructura, que siempre me cautivó. Es una escultura medieval de la virgen con el niño, una figura curva, de líneas simples y poco realista que sin embargo transmite una dulzura y una esencia como no lo hace ninguna otra.
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Al centro de la plaza, la bellísima Fontana Maggiore, de mármol rosado y blanco, con 24 irrisorias figuras que representan desde signos zodiacales y meses del año, hasta las artes liberales. Con este escenario teñido de un cálido sol primaveral, entendimos que no había mejor forma de almorzar nuestra pizza que sentados en las escalinatas del Duomo, compartiendo con otros anónimos comensales el mejor pasatiempo perugino en ese idílico babel. Pero como los recuerdos no se nutren sólo de imágenes y la melancolía pedía más, no podía dejar mi querida Perugia sin volver a probar el delicioso helado de baci. Célebres en todo el mundo, los bombones Baci coronan el delicioso chocolate con una avellana y presentan, en el interior de su envoltorio azul, mensajes de amor en diversos idiomas. Los chocolatitos devienen un símbolo de la ciudad en su dulzura y unicidad, y en helado son simplemente fantásticos. Así que nos encaminamos nuevamente a Piazza Italia, para recorrer los barcitos y pasticerie que colorean la avenida principal.
via appia
El sol comenzaba a debilitarse y la tarde se iba destiñendo, pero quedaban muchos tesoros por rememorar y descubrir. Uno de mis lugares favoritos es la vía dei Priori, un callejón techado que atraviesa el Palazzo dei Priori en la mitad, en un ejemplo exquisito de arquitectura medieval. Allí vivía Sara, mi compañera de aventuras por aquel 2006, en un departamento precioso en medio de esta minúscula callecita en la que habré sacado cientos de fotos. Quedaba aún por ver mi casita, situada justo al extremo de un callejoncito sin salida rosado que sugestivamente se llama “vía della pace”. Intacto, ameno, delicioso, el callejón conserva su aura: la imagen de una virgen medieval sobre la esquina, el techito sobre la curva, las plantas decorando los márgenes de las cuatro puertas de madera, que conforman una suerte de microclima.
Perugia 096
Desde allí, subimos por una calle hasta San Severo, una iglesia que contiene frescos de Rafaello, y nos encontramos con otra sorpresa. Desde lo alto, una calle que desciende en pequeños escalones al costado de la iglesia exhibe las murallas que ceñían a la ciudad en durante la edad media y que hoy la separan de una arbolada sinuosa, tras la que asoman las incesantes colinas. Eran las seis y el ocaso comenzaba a caer sobre los tejados añejos que, decorados por helechos rebeldes, desplegaban su brillo dorado. Fue ahí que decidimos que era hora de regresar.
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