Mediodía de balas y verdades a medias

El taxi giró bruscamente e improvisó una ruta alternativa. La avenida Tahrir parecía desolada, pero al llegar al puente que la separa de la célebre plaza, un cordón de tanques miliares y alambres de púa anunciaban lo que muchos habían presagiado: Apenas acabadas las festividades religiosas de Eid el-Ftir, el Ejército desalojaría las acampadas pro-Mursi.

Fue entonces que comenzaron las llamadas telefónicas de colegas y amigos egipcios, alarmados por la situación: “No te quedes en la calle, no es seguro”, insistían. Armados, los protestantes se habían dispersado por el barrio de Mohandesin y comenzaban a enfrentarse a la policía. Los cairotas abandonaban apresuradamente las calles, mientras barricadas improvisadas de cemento  alteraban el perfil de una de las zonas más enérgicas de la capital egipcia.

Mientras subo las escaleras de un edificio decrépito a pocas cuadras de la plaza Mustafa Mahmoud, los balazos insisten en extender la angustia que comienza a adueñarse de la calle. Una vez llegada al quinto piso, comienzan a sonar con mayor insistencia y cada vez más cerca. Desde la ventana se ven vecinos agrupándose y esbozando barricadas con estantes de carnicería, procurando que estos cercos eviten el ingreso de los manifestantes.

De repente, un grupo de hombres comienza a correr hacia la esquina. Regresan formando un círculo lento y doloroso, cargando a un hombre con herida de bala en el hombro. Nadie sabe quién le disparó; parece una guerra contra un enemigo sin rostro. Lo colocan en un auto y se pierden hacia el centro de la ciudad, pero en la calle aún se escuchan disparos.

A pocos metros de distancia, una nube de humo negra comienza a ascender desde el ingreso de un edificio de venta de armas. Algunos jóvenes comienzan a correr cargando bombas molotov en la mano, mientras otros buscan desesperadamente extintores para detener el fuego. “Cuando el propietario se negó a dejarlos entrar, comenzaron a disparar y quemaron su negocio con molotov”, cuenta Karim El-Behery, propietario de una carnicería adyacente.

Según relató el comerciante, los protestantes habían llegado desde las acampadas de Rabaa  Al-Adaweya e intentaban obtener armas del negocio, hasta que se toparon con la resistencia del propietario. “Primero les pedimos que se fueran, pero una vez que comenzaron los disparos el propietario también respondió con tiros”, dijo. Cuatro personas resultaron heridas en pocas horas, sólo en una calle.

Ni la policía ni el ejército se hicieron presentes en esta intersección, pero el proprio Ministro del Interior anunció en conferencia de prensa que hubo 149 muertos, número muy distante de los más de más de 2.000 que estimaron en principio los Hermanos Musulmanes, aunque finalmente rebajaron el cálculo a varios cientos. Al caer la noche, algunas versiones cifraban en cerca de 300 las víctimas fatales. Si algo está en juego en esta batalla, es la construcción de la verdad. 

Son las 11 de la noche y algunos disparos de a ratos se hacen sentir. El toque de queda envuelve en silencio a una ciudad que nunca duerme, pero dado que los protestantes ya están acampando en otras zonas, muchos dudan que sobreviva la noche.

Este artículo fue publicado en La Voz del Interior el 15/08/2013.

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