Cómo olvidar mi primera impresión de El Cairo

Tierra. Mucha tierra, por todos lados. Y bocinas, las calles del Cairo son un enredo laberíntico de autos y peatones sólo guiados por un código implícito de orquestas y señas que va configurando una melodía frenética e imparable. “Cruzar la calle se parece a jugar al tetris”, me decía ayer una española que vive acá desde hace cuatro meses. Lo que pasa es que estamos en Eid, la fiesta religiosa que celebra el fin del ayuno que durante todo el mes de Ramadán practican los musulmanes.

Llegué justamente la noche del festejo; la noche en la que se quebró el ayuno y terminó Ramadán. Fue realmente un shock, las calles estaban repletas de gente corriendo, de parrillas humeantes, de música estridente saliendo por parlantes colocados espontáneamente en los postes, de olores a comida, de vendedores ambulantes aplaudiendo a la nada en el medio de la calle.

Y sobretodo, repleta de hombres. Hombres que observan de un modo inquietante y lacerador. Nunca me sentí observada en ese modo. Tengo la desventaja de ser rubia (que acá es fuera de lo común) y una incurable costumbre de mirar a la gente a los ojos. Pero en ese momento, recordé un consejo muy importante que me había dado mi profesora de árabe en Italia: nunca mirar a los ojos a un hombre árabe, porque culturalmente, es comprendido como una invitación o provocación. En la calle prácticamente no hay mujeres caminando solas; o están con sus hijos, con su pareja, o con amigas. Me pregunto cómo hacen para llevar el velo (hiyab) y las mangas largas con este calor desértico.

Cairo - Valentina Primo
Ayer al atardecer por primera vez escuché el Eden, la llamada a la plegaria desde las mezquitas que se repite cinco veces al día. Estaba esperando escucharla. Estaba esperando conocer esa melodía que en Marruecos se me hizo parecida al zumbido de una abeja y en Estambul a una dulce canción. Conocer El Cairo sin aún escuchar su Eden era para mí como conocer una persona sin poder escuchar su voz.

Desde la terraza, la ciudad emerge desde una nube de polvo y smog. Los edificios tienen ese color marrón de la tierra y del desierto, parecen bloques de cemento irregulares y derruidos que, algunas veces, evocan imágenes de bombardeo. El palacio de Gobierno, de un color verde militar, muestra aún como cicatrices de la Primavera Árabe las ventanas y los muros incendiados en enero de 2011, cuando los egipcios se alzaron y acabaron en 13 días con los 30 años de gobierno de Hosni Mubarak.

“Piano piano si va lontano”, me decía mi mamá cuando era chica. Y de a poquito creo que le voy perdiendo el miedo y tomando el gusto. Es algo muy diferente, pero ese es justamente el desafío que estaba esperando.  Nunca se va a poder entender una cultura si no se la conoce con paciencia, si no se la respeta y se la espera,  si no se la observa con la parsimonia de quien espera algo más que una foto de postal.

Me quedo con una frase que me dijo una pareja egipcia maravillosa que conocí en el avión: “Nosotros no estamos esperando una evolución política; estamos esperando una evolución religiosa”.

Este artículo fue originalmente publicado el 20 de agosto de 2011.

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